Sep 12, 2011

La cultura del miedo

Que el mundo cambió tras el 11-S es una frase tan repetida que hasta puedo escuchar la voz de Matías Prats o de Pedro Piqueras en mi mente pronunciándola. Pero no por más que se repita es menos cierta y, por desgracia, ese cambio ha sido para mal.

Nos han vendido que EEUU perdió la inocencia al morir gente en su territorio y llevarse semejante bofetada en todo su ego de superpotencia. Yo pienso que el 11-S solo ha traído consecuencias nefastas para el mundo en general. Y no hablo del factor económico, que ha sido muy importante sobre todo allí.

Me refiero a que el objetivo último de los terroristas, que es sembrar el terror, lo han conseguido con creces. Han conseguido que los estados nos vendan la cultura del miedo y nos la han vendido porque ha habido mucha demanda de soluciones drásticas, de llamar al papá estado porque va a venir el coco. Nos hemos creído que el coco existe porque lo hemos visto y en su nombre, les hemos permitido a nuestros políticos coartar nuestros derechos y libertades de forma determinante solo con la excusa de la seguridad. O más bien, de la sensación de seguridad.

Es verdad que los terroristas han hecho la mayor parte del trabajo, para que hayamos tenido que autoconvencernos de mirar cualquier recoveco en busca de “cosas sospechosas” y valiéndose de esa ambigüedad de sospecha, las autoridades han acabado poniéndonos a todos una soga al cuello por si acaso resulta que somos terroristas.

Y ese miedo imbuido nos invade en cualquier parte de la sociedad actual. Hoy muchos padres rehúsan a que sus hijos jueguen en la calle. El hombre del saco ya estaba ahí hace 20 ó 30 años y sin embargo parece que ahora el mundo se haya vuelto un ambiente hostil y malvado donde el ciudadano que quiere vivir su vida en paz está totalmente vendido ante el terror y el miedo.

No hay más que coger un avión en vuelo doméstico (internacional todavía más) para ver el extremo del absurdo al que hemos llegado. Ahora asumimos como lógico que tengas que despelotarte casi para entrar al avión, que tengas que pasar con tus cosas en una bandeja mientras se te caen los pantalones porque has tenido que dejar el cinturón porque si no pita en el arco metálico. Hemos asumido que no podemos llevar líquidos porque esos terribles dentífricos podrían hacer saltar el avión por los aires.

Yo que viajo mucho he visto que todos los aeropuertos tienen sus peculiaridades al respecto de este asunto y hasta he sido víctima de que me incauten cosas compradas en un duty free en otro aeropuerto por decisiones arbitrarias de la seguridad. Y siempre me he preguntado por qué todas esas cosas las deshechan en un contenedor sin controlar de quién son y dejándolas ahí todo el rato. Siempre me he planteado lo fácil que sería para un terrorista dejar que le requisaran algo y luego tomar el avión mientras hace saltar por los aires las repletas colas de seguridad. Se iría de rositas muy probablemente. ¿Y para qué habría servido entonces que yo arrastrara mis pantalones muy dignamente a través del arco metálico? ¿Para qué habría servido que desnudaran con un escáner 3d? Para nada.

Y eso es porque este mecanismo de seguridad es más falso que un billete de 4 euros. Es un mecanismo para crear falsa sensación de seguridad, que no es lo mismo. Es para que cuando vamos luchando contra la gravedad sosteniendo la bandeja y los pantalones a la vez en nuestra mente nos repitamos que lo hacen por nuestro bien, por nuestra seguridad, y subamos al avión con una falsa sensación de seguridad.

El nivel de paranoia es tan grande que ha habido gente a la que le han puesto escuchas del FBI solo por decir en un foro como reddit lo fácil que resultaría atentar en un gran centro comercial. ¿Y por qué sucede esto? Pues porque hemos permitido que el terror nos venza y hemos permitido que cualquier ciudadano sea posible sospechoso. Hemos permitido que entren en nuestra intimidad y privacidad con tal de  sentirnos falsamente seguros y claro, de esos polvos vienen estos lodos.

Hoy, diez años después del 11-S, el mundo ha perdido muchísimo más que dos torres, tres mil vidas y cuatro aviones. Por desgracia hemos perdido la capacidad para decir “NO” ante atropellos a nuestros derechos para evitar ser señalados como posibles maleantes, porque claro, quién iba a oponerse a algo que es “por nuestro bien” si no pretendiera usarlo para hacer el mal.

Y valiéndose de este tipo de excusas, hemos llegado a un nuevo mundo, en el que nos han metido en la cabeza que todas las personas que vemos por la calle son nuestros potenciales enemigos y que algunos no dudarían un segundo en matarnos si tuvieran la oportunidad. Claro, ante ese pánico qué padre dejaría que su hijo jugara en la calle.

Nos lo tenemos merecido. Vaya que sí. Ya decía Benjamin Franklin “Aquellos que cederían la libertad esencial para adquirir una pequeña seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad”

Y yo diría que más que merecer, lo que demuestra la práctica es que quien lo hace, no obtiene ninguna de las dos, ni tampoco nada bueno.

Yo renuncio a pensar que todo el que me rodea es mi potencial enemigo, porque la experiencia me demuestra que la mayoría de la gente que me rodea es gente con su vida y sus problemas que quiere vivir su vida y que le dejen en paz, que tiene sueños sencillos y que no busca meterse en problemas con nadie. ¿Que hay gente mala? Pues sí. Claro. Siempre la ha habido y siempre la habrá. Pero no hay más gente mala ahora que antes. Ahora simplemente tenemos más información y nos llegan más casos y ejemplos de gente mala. Pero las cosas buenas no son noticia casi nunca. 

Y si cada uno de nosotros pone su granito de arena tal vez podamos devolver al mundo parte de lo que fue antes de aquello. Que es mejor vivir la vida en paz y siendo positivos. Porque si nos van a joder, lo van a hacer de igual modo. Pero al menos, entre tanto, conseguiremos que los estados no hagan y deshagan a su voluntad en nombre de una supuesta “seguridad” de mentira.

Tenemos una facilidad pasmosa para ceder derechos y libertades que ha costado décadas y miles de muertos conseguir. No somos conscientes porque ya nacimos con ellos puestos, la mayoría de nosotros. Pero si bien se ceden muy rápido, recuperarlos no va a ser tarea fácil, ni mucho menos. Costará mucho, pero aún hay solución.

Y aprovecho aquí para recordar también a todas las víctimas de las guerras libradas en nombre de la libertad en la última década. Muchas de las cuales, la mayoría, tenían tanta culpa como los que murieron en las torres gemelas. Sin embargo por ellos nadie hace minutos de silencio ni paraliza un país en su memoria. Son las víctimas del miedo, de la vergüenza, porque alguien tiene que morir para que otro alguien se sienta seguro. 

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